martes, 8 de abril de 2008

Santiago Palabrería


Cuando chica pensaba que si me bajaba en todos los lugares donde la tía del transporte pasaba, en algún momento lograría haber pisado todos los lugares de Santiago, qué sabía yo que no más eran apenas algunos lugares que quedan en un rebuscado recorrido para ir de mi casa al colegio. Los otros lugares simplemente no se unían en mi cabeza; yo me confiaba no más del instinto divino del que me llevara. Por algún camino salíamos de Santiago y llegábamos a la playa, por algún otro camino íbamos donde mis abuelos y por algún otro recorrido lineal llegábamos al centro o al Parque O’higgins o al cerro San Cristóbal. Puros lugares aislados, para mi era como teletransportarse o lo mismo, dormir la siesta en el asiento de atrás.

Hasta que un día muy pillas las seudo jipis salimos de Ñuñoa y recorrimos todo el centro buscando ropa usada en Banderas, mostacillas en Rosas y ropa nueva y barata en Patronato. De pronto ya habiamos llegado al terminal y hasta aprendimos a salir de Santiago y a volver para no quedarse fuera. Así de apoco en mi cabeza Santiago se hizo inmenso y un poco más coherente. La gente en la calle era gente no más, hasta que mi mejor amiga me dijo que nunca los mirara a los ojos porque se podían enojar, así que empecé a caminar entre personas que no podía mirar y que luego me dejaron de importar. Hasta que me sentí invadida por ellos, tanta gente en las micros, en las calles en el metro, qué estaba pasando, esto no era así. Me sentía indignada, de alguna forma me habían transmitido y me habían hecho sentir que los de acá éramos mejores que los de allá. Era todo un asunto de intelecto, más que de posesiones, aunque en este país por un asunto de desigualdad social, ambas cosas aunque no en todos los casos, van unidas. Entonces en lo grandes círculos de palabrerías yo escuchaba a mis amigos hablar de que todos debiéramos tener las mismas oportunidades de educación y los mismos derechos, y el teatro debiera ser para todo el mundo, y yo estaba de acuerdo. Y todos esperábamos al Royal Deluxe, como todos los años, sabíamos que sería una obra gratuita y de la mejor calidad. Y claro que lo fue, y fue emocionante ver que muchas miles de personas fueron invitadas a la llegada de una inmensa y hermosa marioneta, entonces los cuentos maravilla del teatro llegaron a los ojos de todo el común y corriente que lo vio en tvn o en chilevisión. Y las calles del centro se llenaron y asfixiaron de señoras con cabros chicos, heladeros, familias de todos los lugares de Santiago y adultos de todo tipo. Oye, pero la embarraron llamando a la tele, que mala organización, hablaban en los círculos palabrería. Oye pero la muñeca debió haber subido por Apoquindo dijo un tío mío. Y siempre es lo mismo, la gente tiene blabla para regodearse y nunca se da el instante para detenerse y aceptar lo que tiene y lo que es. Nada nos hace tan diferentes ni tan exclusivos. Es verdad que es incómodo viajar en el metro tan apretada, pero es la realidad de una ciudad que nos toca vivir y que no hay que dejar de disfrutar por andar perdiendo el tiempo en diferenciarnos de los otros si al final todos somos una misma masa apurada cuando hacemos la combinación.

2 Comments:

viajen! said...

Oye! como me gusta cuando escribes, lo haces tan bien te felicito.
Un abrazo,
Em.

garvo said...

Que bonito.
Me acorde esa vez que camine hasta Patronato y luego doble por una calle antigua, pero no así colonial sino de esas antiguas de antiguedad cochina, con letreros antiguos, gente antigua, cañerias antiguas y arta humedad.

Super bonito el blog.